Sin embargo, mientras las dos flotas de Indias esperaban tiempos propicios para regresar, en España había estallado la Guerra de Sucesión, al acceder a la corona española el duque Felipe de Anjou, proclamado Felipe V, tras la muerte sin sucesión, el 1 de noviembre de 1700, de Carlos II el Hechizado, el último Austria. Con ello, el delicado equilibrio de poder existente en Europa se rompió y, unidas Francia y España por el de Anjou, se aliaron Inglaterra, Holanda y Alemania.
Ya en septiembre de 1700 preocupaba en la Corte la posible captura de la flota de Nueva España, con lo que este hecho hubiera supuesto para las necesitadas arcas del Tesoro, y el rey escribe a Velasco ordenándole que tome toda clase de precauciones para evitar el ataque de los muchos corsarios que navegan por las proximidades de las costas españolas: ".. y con este cuydado naveguéis con el vigilante desvelo que combiene para cautelaros quanto sea posible y asegurar vuestro arrivo al Puerto de Cádiz". El sistema para hacer llegar estas cartas es el habitual, utilizando dos avisos marítimos o navíos ligeros, de escaso tonelaje, que se dirigen a las Islas Terceras (Azores) donde esperarán a la flota que deberá hacer escala obligada en estos parajes.
En las Islas Azores Velasco y Chanteaurenaud son informados de la rotura de hostilidades entre España, Inglaterra y Holanda y, por otra parte, la posibilidad de que una armada enemiga estuviera al acecho de la flota. En efecto, una flota inglesa al mando del almirante Sir Cloudesley Shovel, tiene instrucciones de localizar y atacar a los galeones españoles.
Reunidos en consejo los mandos de la flota hispano-francesa, se discute sobre los posibles puertos de arribo en el atlántico francés a lo que se opone Velasco cuyas instrucciones eran la llegada a un puerto español. Por todo ello se decidió que los navíos se dirigieran al puerto de Vigo, evitando, los cabos, de San Vicente y Finisterre posiblemente vigilados. El Capitán General del Reino, príncipe de Barbanzón, y el Maestre de Campo D. Felipe Araujo, salieron de Vigo al encuentro de la flota informando a sus capitanes que una gran escuadra al mando del Almirante Rooke había atacado Cádiz el pasado mes (agosto de 1702), y se encontraba en algún punto del Atlántico a la espera de recibir información sobre el destino final de la flota de Indias.
La guerra obligó a la Flota de Oro a desviarse de Cádiz, sitiada por Rooke, a Vigo, aún sabiendo que la bahía, a cargo del príncipe de Barbanzón, capitán general del Reino de Galicia, estaba mal defendida con fuertes ruinosos, milicias escasamente pertrechadas y las desmanteladas baterías de Rande y que la Casa de Contratación prohibía "desembarcar nada de un galeón como no sea en Cádiz y bajo la vigilancia de un funcionario oficial". De hecho, ésta advirtió que "los galeones cargados estén a buen recaudo, hasta que puedan continuar normalmente su navegación", pues, "en Vigo no hay nadie capacitado para recaudar el impuesto de la Corona sobre las mercancías".
Barbanzón aconsejó a Chateau-Reanult llegar hasta El Ferrol, más el cansancio de los marineros y la presencia de la escuadra anglo-holandesa del almirante sir Cloudesley Shovel entre Ortegal y Finisterre, amenazando con cortarles el paso, decidió al francés a llegar al fondo de la ría, hacia Redondela, anclando los españoles cerca de la isla de San Simón y los franceses, en semicírculo, en la boca y el estrecho de Rande. Previendo el combate, el capitán general de Galicia reunió milicias con gente de La Coruña y Tuy, armó a los vecinos y reforzó los fortines de Corbeiro, al norte, y de Rande, al sur, con ocho cañones de hierro con plataforma y doce de bronce, cada uno, aportados por el vicealmirante francés. Por último, Velasco ordenó cerrar la bocana de la ría con una estacada flotante hecha con embarcaciones, balsas y toneles amarrados entre sí y a las orillas y protegida por Le Bourbon y L’Esperance.
Los fuertes o torres de Rande y Corbeiro fueron restauradas y fortificadas con ocho cañones de bronce y doce de hierro cada una, procedentes de los buques; ambas fueron rodeadas de foso y entre ellas se tendió, sobre el mar, una cadena realizada a base de maderos, cables y vergas que cerraban por completo el acceso al fondo de la Ría. Detrás de esta línea defensiva se situaron los navíos de guerra. El fuerte de Rande se guarneció con 200 marineros franceses y 150 españoles, mandados por el almirante Chacón; el de Corbeiro se puso bajo el mando de D. Manuel de Velasco con dos compañías de soldados de su nave capitana reforzados por 200 milicianos, a Vigo se destinaron 1.000 hombres de esta tropa, 500 de ellos a la ciudadela de El Castro y 300 al fuerte de San Sebastián; 1.000 más se situaron en la ensenada de Teis (entre Vigo y Rande) y 3.000 se mantuvieron en reserva. Las tropas que guarnecían los fuertes eran en su mayoría campesinos que sirven en las Milicias, pobremente armados, sin experiencia y que a la primera ocasión están dispuestos a huir a sus casas; el ejército regular es tan escaso que no tiene oportunidad de intervenir.
Al tiempo que se procedía a la defensa de la ría y a pesar de la negativa de Cádiz a descargar las naves, la reina presionó al Consejo de Indias para que el oro real fuera desembarcado. Para ello, el príncipe de Barbanzón reunió más de 1.200 carros tirados por bueyes que, con cuatro cofres cada uno y buena guardia, alcanzaron Pontevedra, Padrón y Lugo por caminos de montaña. Sin embargo, los preciosos metales hacían de lastre en los galeones, es decir, iban en el fondo de la bodega, por lo que, antes, había que descargar el resto de mercancías. Para contabilizarlas, el Consejo de Indias dotó de poderes especiales a Juan de Larrea, que llegó a Vigo, en silla de postas, a mediados de octubre, es decir, cuando la mayor parte de lo correspondiente al rey había sido llevado al interior.
La actividad llenaba la ría cuando llegó un patache gaditano anunciando que "tras grandiosas pérdidas, los anglo-holandeses, desmoralizados, han levantado el cerco de Cádiz". La noticia, junto con la progresiva consolidación de Felipe de Anjou como rey español, invitó a cargar, de nuevo, las bodegas y a deshacer la estacada. Incluso, cinco barcos franceses regresaron a Brest y milicianos y paisanos dejaron los mosquetes para volver a casa. La alegría duró poco, pues, pronto, llegaron malas nuevas. Tras el fracaso de Cádiz, ciento cincuenta navíos ingleses y holandeses, para resarcirse, se dirigían a Vigo, siguiendo el aroma del oro.






